Lo digo con cariño por la automatización, que es de las herramientas más potentes que tenemos en la administración. Un robot que da de alta cientos de registros en una tarde es una maravilla. Siempre que esos registros tengan sentido.
El atajo tentador: hay un trámite engorroso, con pasos que nadie recuerda por qué existen, y alguien dice "esto lo automatizamos". Y se automatiza, con sus duplicidades y sus cuellos de botella. El resultado es el mismo proceso, más rápido, más opaco y bastante más difícil de cambiar.
Antes de automatizar, conviene hacerse tres preguntas:
🔎 ¿Por qué se hace así? Si la respuesta es "siempre se ha hecho así", ya hay trabajo antes de programar nada.
✂️ ¿Qué pasos sobran? Un paso eliminado vale más que un paso automatizado.
🧭 ¿Quién gobierna el proceso? Hablamos mucho de gobierno del dato y poco de gobierno del proceso: quién lo define, quién responde de cada fase y quién decide cuándo cambia. Sin eso, el robot solo acelera la confusión.
Y una cuarta, que suele llegar tarde: 📊 ¿Cómo sabremos que funciona? Sin indicadores, un proceso automatizado es una caja negra que falla en silencio. Medir el antes y el después es lo que demuestra que se mejoró algo en lugar de mover el trabajo de sitio.
La automatización no arregla un proceso: lo amplifica. Si el diseño es bueno, multiplica el valor. Si es malo, multiplica el problema y endurece la gestión.
Primero rediseñar, luego automatizar. En ese orden, aunque sea menos vistoso.
#Automatización #RPA #TransformaciónDigital #AdministraciónElectrónica #GobernanzaDeDatos
Comentarios
Publicar un comentario