Ya casi nadie recuerda la pandemia como algo más que una anécdota. Pero hay un síntoma que sigue ahí: la vuelta a la presencialidad, y con qué facilidad la hemos aceptado!
Los sondeos muestran una tendencia clara hacia la oficina. Lo preocupante no es dónde se trabaja, sino por qué volvemos: un sentimiento generalizado de que trabajar es estar sentado frente a una pantalla, en un sitio, un número de horas. No se planifica. No se mide el rendimiento. Se mide la asistencia, y con eso basta.
Medir presencia es barato. Medir rendimiento es caro: exige definir objetivos, indicadores, seguimiento, feedback. El teletrabajo no ha fracasado como modalidad; ha fracasado la cultura directiva necesaria para sostenerlo. Y el empleado también participa del pacto: si estoy ocho horas sentado, he "cumplido", da igual lo que haya producido. Es cómodo para ambas partes, por eso es tan difícil de romper.
Esto no es nuevo, es una herencia industrial: presencia y producción eran la misma cosa cuando sin obrero en la fábrica no había producción. Llevamos décadas en una economía del conocimiento donde ambas cosas están divorciadas, y seguimos gestionando con el software mental de la cadena de montaje.
La pregunta de fondo no es teletrabajo sí o teletrabajo no. Es: ¿qué modelo de trabajo permite responder objetivamente a "¿está rindiendo?", estés donde estés. Esa pregunta es incómoda en cualquier modalidad. Lo que pasa es que la oficina nos permite no formulárnosla.
#TeletrabajoVsPresencial #GestiónPorObjetivos #CulturaOrganizativa
Los sondeos muestran una tendencia clara hacia la oficina. Lo preocupante no es dónde se trabaja, sino por qué volvemos: un sentimiento generalizado de que trabajar es estar sentado frente a una pantalla, en un sitio, un número de horas. No se planifica. No se mide el rendimiento. Se mide la asistencia, y con eso basta.
Medir presencia es barato. Medir rendimiento es caro: exige definir objetivos, indicadores, seguimiento, feedback. El teletrabajo no ha fracasado como modalidad; ha fracasado la cultura directiva necesaria para sostenerlo. Y el empleado también participa del pacto: si estoy ocho horas sentado, he "cumplido", da igual lo que haya producido. Es cómodo para ambas partes, por eso es tan difícil de romper.
Esto no es nuevo, es una herencia industrial: presencia y producción eran la misma cosa cuando sin obrero en la fábrica no había producción. Llevamos décadas en una economía del conocimiento donde ambas cosas están divorciadas, y seguimos gestionando con el software mental de la cadena de montaje.
La pregunta de fondo no es teletrabajo sí o teletrabajo no. Es: ¿qué modelo de trabajo permite responder objetivamente a "¿está rindiendo?", estés donde estés. Esa pregunta es incómoda en cualquier modalidad. Lo que pasa es que la oficina nos permite no formulárnosla.
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