Escribo esto desde Holanda (vacaciones 😄!), y hay algo que no deja de darme vueltas.
Aquí el inglés (y en muchos otros sitios ya) no es un idioma “extra” que se aprende para el currículum: es la herramienta natural con la que se relacionan personas de veinte nacionalidades distintas. Y ver cómo compañías tecnológicas con sede aquí construyen equipos y procesos pensando en esa diversidad desde el origen —no como un añadido, sino como el punto de partida— me hace reflexionar.
No hace falta salir de España para aprender de fuera. Pero salir, aunque sea unos días, ayuda a ver con más claridad lo que desde dentro cuesta identificar: que buena parte de lo que consideramos “así se ha hecho siempre” no es una ley física, es sólo una costumbre local. Y las costumbres se pueden (y deben) revisar.
No se trata de importar modelos sin más —lo que funciona en una scale-up tecnológica no siempre encaja en una administración pública, y viceversa—. Se trata de mantener la mente abierta a que hay otras formas de organizar el trabajo, de comunicarse, de tomar decisiones, que quizás no habíamos considerado simplemente porque no habíamos estado expuestos a ellas. En un mundo —y una profesión— que cambia tan rápido, esa apertura no es un lujo cultural: es una ventaja profesional real que “los de fuera” ya están aprovechando.
La pregunta que me llevo de este viaje: ¿cuánto de lo que doy por hecho en mi trabajo es en realidad sólo una costumbre que nunca me he parado a cuestionar?
Aquí el inglés (y en muchos otros sitios ya) no es un idioma “extra” que se aprende para el currículum: es la herramienta natural con la que se relacionan personas de veinte nacionalidades distintas. Y ver cómo compañías tecnológicas con sede aquí construyen equipos y procesos pensando en esa diversidad desde el origen —no como un añadido, sino como el punto de partida— me hace reflexionar.
No hace falta salir de España para aprender de fuera. Pero salir, aunque sea unos días, ayuda a ver con más claridad lo que desde dentro cuesta identificar: que buena parte de lo que consideramos “así se ha hecho siempre” no es una ley física, es sólo una costumbre local. Y las costumbres se pueden (y deben) revisar.
No se trata de importar modelos sin más —lo que funciona en una scale-up tecnológica no siempre encaja en una administración pública, y viceversa—. Se trata de mantener la mente abierta a que hay otras formas de organizar el trabajo, de comunicarse, de tomar decisiones, que quizás no habíamos considerado simplemente porque no habíamos estado expuestos a ellas. En un mundo —y una profesión— que cambia tan rápido, esa apertura no es un lujo cultural: es una ventaja profesional real que “los de fuera” ya están aprovechando.
La pregunta que me llevo de este viaje: ¿cuánto de lo que doy por hecho en mi trabajo es en realidad sólo una costumbre que nunca me he parado a cuestionar?
Comentarios
Publicar un comentario