Durante mucho tiempo, en la gestión pública —y no solo en ella— las decisiones se han tomado apoyadas en la experiencia, la intuición y, en el mejor de los casos, en el sentido común de quien las firma. Nada de eso sobra. Pero cuando la experiencia se convierte en el único criterio, el riesgo de repetir errores, sesgos o inercias del pasado crece con cada decisión.
Ahí es donde entran los datos: no como un adorno técnico que acompaña a la memoria de un proyecto, sino como el elemento que permite contrastar lo que creemos que está pasando con lo que realmente está pasando.
Comentarios
Publicar un comentario